sábado, diciembre 30, 2006

Cuídense Bronco y Leo

Dos astutos compañeros,
dos fieles servidores,
dos amigos que me cuidaban,
dos hijos que me amaban.

Los tuve a los nueve,
los perdí a los veinte,
los quise once años,
sufriré por ellos siempre.

La vida no les fue justa,
a lo mejor fueron sus destinos,
a lo mejor fuimos nosotros,
tal vez solo fui yo la culpable.

No estuve allí cuando los recibiste,
no estuve allí cuando me los arrebataste,
no estuve cuando lloraron,
no estuve allí cuando gimieron,
no estuve allí cuando agonizaron.

Me dejaron muy sola,
pero aún siento sus presencias,
cruzo con cuidado sus recintos,
y por las noches me parece verlos.

A veces ruego por ellos,
a veces ruego por mi alma,
a veces suplico que me esperen,
a veces espero que no me aguarden.

No quiero que sufran,
sufrieron mucho conmigo,
derramaron lágrimas con nosotros,
y a pesar de mi dolor
no hice nada por salvarlos
del destino cruel que le tenían propiciado.

De nada sirvió que me opusiera,
de nada sirvieron mis llantos,
de nada sirvió mi dolor,
y surgió el espanto.

Le pido a Dios que te proteja,
le ruego que te cuide con su hijo,
le ruego que perdone tus pecados,
le pido que perdone los míos.

“Dios cuida a Bronco y a Leo,
ningún mal recaiga en ellos.
Dios que incurran en mí sus pecados,
solo yo les causa mal cuando los lastimaba,
solo yo que no los cuide debidamente,
solo yo que no estuve allí para salvarlos.
Cuídense Bronco y Leo.”

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